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fdotfran 27 de Setiembre de 2017

Diagnósticos que marcan un antes y un después.

En diciembre de 2015, la noche antes de rendir un final, me desperté alrededor de las 4 de la mañana sintiendo que mi cama estaba girando. Abrí los ojos y entonces el mundo entero empezó a girar también. Como pude, me levanté y fui al baño, en donde estuve al menos una hora sentado en el piso, sin poder levantarme. 

El mundo seguía girando, y yo intentaba decirle a mi cerebro que no era así, que todo estaba quieto en su lugar, que me levantara y siguiera durmiendo, que en pocas horas tenía que ir a la facultad y dar el examen. 

Pero no funcionó y mi mejor amiga, con quién vivía en ese momento, se despertó para poder ayudarme a levantarme del piso, sentarme en la cama, vestirme y llevarme a una guardia. 

En la guardia me dieron un inyectable y me dijeron que vaya a ver a un otorrino, porque estaba teniendo vértigo. Así que me quedé, esperando al señor otorrino que atendía sin turno y cuando por fin me miró, me dio unas pastillas, otro inyectable y me mandó a mi casa dicéndome que para la tarde ya tenía que estar bien. 

Mi preocupación era que ya había pasado la hora del exámen, que era la última fecha del año, y que iba a tener que rendirlo en febrero. 

Los días de diciembre siguieron pasando, llegó navidad, fui a la casa de mis padres y tuve que bajar el colchón al piso porque no podía dormir en la cucheta que compartía con mi hermano porque el mundo seguía girando. Seguía con vértigo. 

Fui a otro otorrino. Más pastillas. Se me pasó un poco. Decidí quedarme con mis viejos hasta marzo, por si acaso. Y menos mal, porque en febrero el vértigo volvió… esta vez fui a un neurólogo. Y, ¡adivinen! Más pastillas. 

Se me volvió a pasar. Lo suficiente para volver y rendir dos finales. En semana santa, volví a viajar para la casa de mis viejos y esta vez no me agarró vértigo, esta vez, mis manos dejaron de funcionar. 

Así como así, se me caía todo, no podía escribir ni siquiera en el teléfono. Menos que menos a mano. Se me caía hasta el jabón. No las sentía en absoluto, tanto que ni me enteré de un pequeño corte que me hice tratando de cortar carne -tratando siendo la palabra clave, porque tenían que ayudarme hasta para eso-.

 ¿Qué hice entonces? Fui a un traumatólogo. Me dijo que seguramente era producto de una contractura, que tenía la espalda dura y me mandó masajes. Hice los masajes, poco a poco volví a sentir las manos… pero no demasiado. 

Terminé yendo a otro traumatólogo, que me aseguró que era problema del túnel carpiano. Me dio más pastillas y me dijo que si no se me pasaba, tenía que ir a cirugía, porque no se corrige con otra cosa. 

En el medio, el vértigo volvió, y me mandaron a una especialista en eso. 

La especialista en vértigo me mandó una chorrera de estudios para ver si el problema eran mis oídos y mi cerebro… ¡Voalá! Era el cerebro. 

Ya cansado de un año de ir de médico en médico, fui al médico de mi familia, el que atiende a todos, y le expliqué. Él me mandó a hacer una resonancia magnética… Y la resonancia dio por fin algo por lo que empezar. 

Terminé en el consultorio de la jefa de neurología de un hospital importante de la ciudad y al fin, después de un año de dar vueltas por todos lados, me dijo algo concreto: Esclerosis Múltiple. 

Automáticamente intercambiamos teléfonos y me dijo que en un par de días me llamaba para acordar un turno con el especialista en esa enfermedad. Y así fue, al día siguiente me mandó un mensaje para que fuera al hospital a verlo, que le dijera que ella me había mandado, que le llevara tooooodos los estudios que tenía, que él me iba a atender. 

Acompañado por mi mejor amiga, esa que se levantó a las 5 de la mañana para llevarme a la guarida un año antes, fui al hospital, y estuve más de una hora en su consultorio contándole todo lo que me había pasado, contándole prácticamente todas las enfermedades que había tenido en mi vida… y él me dijo que sí, efectivamente era Esclerosis Múltiple, y que tenía varias opciones de tratamiento. 

¿Qué es la EM? Es una enfermedad autoinmune, crónica, que afecta al sistema nervioso central. El cuerpo se ataca a sí mismo, más específicamente, ataca las fibras de mielina que recubren las neuronas y facilita la sinapsis. Por lo tanto, sin la mielina, las conexiones nerviosas se vuelven más… lentas, por decirlo de alguna forma. Puede tener episodios tan leves como tener hormigueo en las manos o piernas y tan fuertes como quedar completamente ciego o perder la movilidad de alguno de los miembros. 

Y es al azar, nunca se sabe qué parte del cerebro va a afectar, nunca se sabe qué tipo de episodio se va a tener. No se sabe la causa, no tiene cura, no es mortal. No es hereditaria, obviamente no es contagiosa, simplemente te toca. Pero una vez que la tenés, la tenés para toda la vida. Afecta mayormente a mujeres, y suele manifestarse entre los 20 y los 40 años. 

Afortunadamente, la mielina se regenera, lento, pero lo hace. El tratamiento que existe actualmente es preventivo, no curativo. Lo que hace es bajar la probabilidad de un nuevo episodio, es decir bajar la posibilidad de que se generen nuevas lesiones en el cerebro o la médula. 

Hay varias versiones y el que elegí yo es inyectable, tres veces por semana y regula las defensas hasta un nivel normal, suficiente para que mi cuerpo no se ataque a sí mismo. Al principio me pareció una opción mejor que tomarme una pastilla todos los días y bajar mis defensas hasta quedar inmunodeprimido. 

Ocho meses después ya no me parece la mejor de las ideas, especialmente porque ya no se donde inyectarme. El medicamento se absorbe via tejido graso, osea que hay que ponerse la inyección en la panza o las piernas, donde haya grasa, básicamente. Gran problema, gran… El estrés es algo recurrente en un estudiante universitario, y también lo son la mala alimentación y… bueno, básicamente, un año antes de empezar con todo este circo había bajado 10 kilos en 6 meses AKA no tengo tejido graso AKA literalmente parezco un colador. 

Lo bueno es que desde que empecé el tratamiento solo tuve un episodio, muy leve, en comparación a los varios intensos que tuve antes. Lo malo… bueno, lo malo probablemente quede para otra entrada. 

Enfermedades como estas, crónicas, son difíciles de llevar, muchas veces difíciles de diagnosticar, pero por sobre todo, son poco conocidas y muchas veces generan miedo, especialmente cuando uno se pone a buscar en google y le saltan diagnósticos apocalípticos. 

Lo recomendable son cosas que jamás hice: tener paciencia, no buscar en google, no desesperarse por los tiempos que tienen algunos médicos o estudios. Hay que amigarse con los hospitales, los sanatorios, con los pinchazos… 

Pero lo importante, y lo que quiero llegar en este primer artículo, es que se puede seguir viviendo normalmente. Antes del primer episodio me quedaban 12 finales, ahora solo me quedan 4. Sigo haciendo las cosas que me gustan, sigo juntándome con mis amigos y viviendo mi día a día como antes, con la diferencia de que lunes, miércoles y viernes, tengo que ponerme una inyección… Y que puedo reírme sin culpa cuando alguien se queja que tiene que ir a ponerse una vacuna. 


Hay diagnósticos que marcan un antes y un después, pero si tenés la suerte de encontrar los médicos adecuados, la transición va a ser muchísimo más sencilla. No hay que ponerse en modo catastrofista, porque aunque nunca hayas escuchado el nombre de una enfermedad, no quiere decir que sea el fin del mundo. Las enfermedades crónicas son más comunes de lo que uno piensa y seguramente te cruzes diariamente con gente que las tiene, pero que no se notan, porque muchísimas de ellas son invisibles. 

Así que si estás esperando un diagnóstico, o acabas de tener uno, tuyo o de un familiar, respirá profundo, cerrá esa pestaña de internet que te está diciendo cosas horribles y salí a tomar mates a la plaza, que los días de primavera están viniendo.  



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